España volvió de Bundoran con una de esas clasificaciones que dicen mucho y explican poco si se leen deprisa: segunda de Europa por equipos, dos títulos continentales y un bronce. El resultado del EuroSurf Junior 2026, celebrado en la costa atlántica de Irlanda entre finales de septiembre y el 4 de octubre, coloca a la selección española entre las estructuras juveniles más competitivas del continente. Pero el interés del campeonato no está solo en el número de medallas. Está en cómo se construyeron, en la combinación de surf y longboard, en la adaptación a una ola cambiante y en la forma en que cada ronda individual terminó sumando para una clasificación colectiva.
Este reportaje reconstruye la última jornada y sitúa el subcampeonato en su contexto. Explica por qué la victoria de Martín García Andrade se decidió en los minutos finales, cómo Julieta Rodríguez-Villamil consiguió competir a alto nivel en dos modalidades distintas y qué significa que Portugal ganara por equipos pese a que España reunió dos campeones. También mira más allá del podio: la lectura de la marea, la selección de olas, la profundidad del equipo y la experiencia que adquieren quienes todavía están formando su surfing internacional.
Portada: surfista en Bundoran, escenario del EuroSurf Junior 2026. Fotografía real de Surfing Croyde Bay, Unsplash. Fotografías interiores: material oficial de la Federación Española de Surfing sobre la última jornada del campeonato, utilizado con finalidad editorial.
En este artículo
- El resultado colectivo y lo que realmente mide.
- La final de longboard que Martín García Andrade cambió al final.
- La doble exigencia de Julieta Rodríguez-Villamil.
- Bundoran como examen de adaptación.
- La diferencia entre ganar medallas y ganar por equipos.
- El valor de las rondas que no terminan en podio.
- Qué deja este campeonato al surf español.
Un subcampeonato que no se entiende mirando solo las medallas
La clasificación final situó a Portugal en primera posición con 8.459 puntos, a España en segunda con 7.808 y a Italia en tercera con 6.923. Inglaterra, Francia e Irlanda completaron las seis primeras plazas. La distancia entre Portugal y España fue de 651 puntos; la que separó a España de Italia alcanzó los 885. Es una fotografía bastante clara: el equipo portugués fue el más consistente del campeonato, España consolidó una segunda plaza con margen y el resto del podio quedó definido por una diferencia apreciable.
Los puntos por equipos obligan a leer el torneo de otra manera. En una final individual importan las dos mejores olas, el orden de prioridades y las decisiones de una manga. En la general nacional cuenta la suma de recorridos. Un título aporta mucho, pero una selección no se sostiene únicamente con campeones. Necesita que sus representantes avancen, que sobrevivan a jornadas difíciles y que reduzcan al mínimo las eliminaciones tempranas. Por eso el balance español no se agota en los oros de Martín y Julieta: detrás hay mangas de compañeros que no aparecen en el titular y que, sin embargo, forman parte aritmética del segundo puesto.
La Federación Española de Surfing presentó precisamente el resultado como una construcción colectiva. Esa formulación podría sonar protocolaria si no se mira el sistema competitivo. Aquí tiene una base concreta. Cada categoría ofrecía un recorrido independiente, pero todas terminaban conectadas por los puntos. Cuando Alejo Valido cerró su participación o Ane Illaramendi alcanzó la ronda anterior a la final, sus resultados siguieron formando parte de la clasificación. La contribución no desaparece porque no haya medalla.
Portugal, además, demostró por qué la regularidad puede pesar más que una colección vistosa de primeros puestos ajenos. Su selección colocó deportistas en finales decisivas y obtuvo el título por equipos con una ventaja suficiente. España reunió tres medallas individuales —dos oros y un bronce— y aun así terminó segunda. No hay contradicción. El campeonato premiaba dos cosas distintas: el mejor rendimiento en cada división y la profundidad del conjunto a lo largo de todas ellas.
Este matiz es especialmente útil en deporte júnior. Una clasificación colectiva no debería utilizarse para ordenar carreras personales como si ya estuvieran terminadas. Describe lo ocurrido durante un evento y refleja el nivel competitivo de una expedición. Para deportistas en formación, también señala algo menos visible: la capacidad de convivir con presión, cambios de programa, esperas, derrotas y la responsabilidad de competir sabiendo que el resultado afecta al grupo.
España llegó a Irlanda después de un calendario internacional exigente y con participantes que acumulaban experiencias muy diferentes. Algunos conocían el ritmo de grandes campeonatos; otros estaban entrando en él. Terminar segunda no convierte todos los procesos en idénticos, pero sí muestra que el equipo consiguió sostener un rendimiento alto durante una semana de olas, mareas y cuadros distintos. Esa continuidad, más que una foto de podio, es la verdadera medida del subcampeonato.
Martín García Andrade y una final que cambió en cinco minutos
La final masculina de Longboard Sub18 tuvo una estructura dramática que conviene contar sin adornos. Reggie Roynon, de Inglaterra, tomó ventaja con una ola puntuada con un 9. Eduardo Caponera, de Italia, se mantuvo en la pelea. David Fanning, representante de Irlanda, eligió opciones más exteriores que no le dieron paredes suficientemente largas. Martín García Andrade pasó buena parte de la manga sin encontrar el recorrido que necesitaba. A cinco minutos del final, el título parecía inclinarse hacia el surfista inglés.

Entonces Martín encontró una ola de ocho puntos. El resultado lo devolvió a la lucha, aunque todavía necesitaba superar una exigencia muy concreta: 8,04 en la siguiente oportunidad. En la última parte de la manga consiguió otra ola, avanzó hasta el nose y completó el recorrido. La espera de la nota prolongó la incertidumbre durante aproximadamente dos minutos. El 8,50 cambió el orden y dejó al español con 16,50 puntos, por delante de los 16,03 de Roynon. Caponera terminó tercero con 13,67 y Fanning cuarto con 7,57.
La victoria admite una lectura técnica y otra competitiva. La técnica está en la manera de convertir una pared disponible en una puntuación alta: colocación, control del trim, pasos hacia la parte delantera de la tabla y finalización. La competitiva está en no abandonar una manga que ofrecía pocas oportunidades. Un surfista puede ejecutar bien y perder si no encuentra la ola; puede encontrarla y dejar incompleto el recorrido; puede puntuar alto y quedarse unas décimas por debajo de la combinación necesaria. La final reunió esas posibilidades hasta el último momento.
También muestra por qué el longboard de competición no consiste en esperar de forma pasiva. La elección de zona modifica el tipo de pared disponible. El exterior puede prometer más tamaño, pero no siempre conecta con secciones puntuables. La orilla puede ofrecer una ola más intensa y corta. La marea cambia esa relación durante la jornada. Cada participante debe decidir dónde colocar su tiempo limitado, y no existe una respuesta correcta antes de observar qué está haciendo realmente el mar.
Martín no ganó porque todas las decisiones anteriores hubieran sido perfectas. Ganó porque conservó opciones, leyó dos oportunidades decisivas y produjo las puntuaciones necesarias cuando el margen temporal ya era mínimo. Esa distinción evita convertir una remontada en una receta. En otra manga, esperar tanto podría terminar sin ola. El mérito está en resolver el escenario concreto, no en demostrar que una estrategia tardía sea siempre preferible.
Su reacción posterior puso el acento en la dificultad de la manga y en el orgullo de formar parte del equipo. Es una lectura coherente con el resultado. El título individual aportó puntos a la selección, pero la celebración ocurrió junto a compañeros y técnicos que seguían las notas desde la playa. Durante esos minutos, el longboard dejó de ser una actuación aislada: una puntuación individual modificó el balance colectivo de España.
Julieta Rodríguez-Villamil compitió en dos lenguajes distintos
El campeonato de Julieta Rodríguez-Villamil exige separar dos resultados para entender el conjunto. En Surf Sub18 femenino se proclamó campeona de Europa con 14,03 puntos. En Longboard Sub18 femenino obtuvo el bronce con 9,20. No son dos versiones de la misma prueba. Cambian el material, la relación con la ola, los criterios que premia el panel y la gestión física y mental de cada manga. Competir en ambas modalidades durante la misma semana añade una capa de adaptación que una lista de medallas no muestra.

En la final de shortboard, Clémence Schorsch empezó fuerte con un 7. Chiara Cuppone tardó en encontrar ritmo, pero acabó sumando un 5,67 y un 7,50, la mejor ola individual de la manga. Julieta construyó su total con un 6,83 y un 7,20. La victoria llegó por una diferencia de 0,86 puntos sobre la italiana: 14,03 frente a 13,17. Schorsch fue tercera con 12,43 y Diana Giorgi cuarta con 8,76.
El detalle de las notas explica algo importante. Ganar una manga no exige necesariamente producir la mejor ola aislada. Cuppone obtuvo el 7,50, pero la suma de sus dos mejores puntuaciones quedó por debajo del total español. Julieta reunió dos olas más equilibradas y convirtió la consistencia dentro de treinta minutos en un título. El sistema premia la combinación, no un único momento espectacular.
En longboard, el escenario fue diferente. Margaux Vieuge se llevó el título con 13,50, Mare Robroch consiguió la plata con 10,07, Julieta sumó 9,20 y Sylvie Puddiphatt terminó con 7,07. La evolución de la marea alteró qué parte del pico ofrecía mejores posibilidades. La española no encontró la misma conexión que había mostrado en otras fases y terminó tercera. Reconocerlo no empequeñece el bronce: muestra que una misma deportista puede resolver de manera brillante una final y salir menos satisfecha de otra sin que ambas experiencias se contradigan.

La doble participación obliga a cambiar de referencias. En shortboard, la aceleración y los giros en secciones críticas organizan buena parte de la puntuación. En longboard tradicional, el uso de la tabla, el trim, los desplazamientos y la relación fluida con la pared tienen otro peso. El cuerpo necesita recalibrar tiempos y posiciones. La mente también: una mala sensación en una modalidad no puede invadir automáticamente la siguiente manga.
Julieta valoró especialmente las condiciones de la final de surf, con olas adecuadas para sus giros y una dirección favorable. Esa explicación evita el mito de que el campeón domina cualquier mar de la misma manera. El rendimiento aparece cuando habilidad, lectura y condiciones se encuentran. Saber aprovechar una ola que encaja con el propio surfing forma parte de competir; reconocer cuándo otra final no ofreció las mismas sensaciones también forma parte del aprendizaje.
Bundoran convirtió cada cambio de marea en una pregunta nueva
El EuroSurf Junior reunió a más de doscientos deportistas de veinte selecciones en Bundoran, dentro de la costa atlántica del condado de Donegal. La competición utilizó escenarios con características diferentes, entre ellos The Peak y Tullan Strand. El último día encontró olas más pequeñas que en otras jornadas, pero todavía ordenadas y competitivas. En The Peak, una izquierda ofrecía una opción exterior de aproximadamente un metro a 1,20 y otra más próxima a la costa, más rápida y vertical.
Esa descripción no es un decorado. Explica por qué los finalistas tomaron decisiones diferentes y por qué una elección válida al inicio podía dejar de serlo después. A medida que bajó la marea, el exterior y el interior empezaron a conectarse con mayor facilidad. Algunas olas ganaron recorrido y fuerza. La información previa seguía siendo útil, pero el mar ya no era exactamente el mismo que al comenzar la jornada.
Competir en este tipo de costa exige observar más que el tamaño. Importa la dirección de la serie, dónde empieza a romper, cuánto tarda en aparecer una segunda sección y qué ocurre después de una ola. También importan las corrientes, porque pueden desplazar al surfista lejos del lugar desde el que cree que está esperando. En una manga, corregir posición consume tiempo y energía; no corregirla puede consumir oportunidades.
La adaptación no equivale a improvisar sin plan. Los equipos estudian el pico, revisan mareas, observan mangas anteriores y preparan escenarios. La improvisación aparece dentro de esa preparación cuando una ola no se comporta como se esperaba. El surfista necesita reconocer el cambio y decidir si mantiene zona, busca otra referencia o ajusta el tipo de maniobra. Cuanto más rígido sea el plan, más difícil resulta responder a una información nueva.
Bundoran añadió además el frío, el viento y la duración de un campeonato largo. Ninguno de estos factores determina por sí solo el resultado, pero todos forman parte de la carga. Calentar, conservar temperatura entre mangas, comer, secar material, esperar un programa que puede cambiar y volver a activar el cuerpo no aparecen en la puntuación. Sin embargo, sostienen la posibilidad de surfear con precisión cuando llega el turno.
Para una selección júnior, competir fuera de casa amplía el aprendizaje. El deportista no solo resuelve olas. Aprende a gestionar convivencia, desplazamientos, horarios, comunicación con técnicos y recuperación entre jornadas. La experiencia no garantiza resultados futuros, pero crea referencias. La siguiente vez que un parte anuncie agua fría, marea variable o un pico con dos zonas, ya no será una idea abstracta.
Portugal ganó el equipo porque un campeonato se decide mucho antes de las finales
El último día concentra la atención, pero la clasificación colectiva empieza en las primeras rondas. Portugal llegó al cierre con una estructura de resultados suficientemente profunda para defender la primera plaza. Sus deportistas aparecieron en finales de varias categorías y dos de sus representantes, Mel Canhoto y Vida Mendonça, ocuparon las dos primeras posiciones de Surf Sub16 femenino. Jaime Veselko ganó Surf Sub18 masculino con una manga sobresaliente. Cada uno de esos recorridos añadió puntos y redujo la capacidad de los rivales para recortar distancia.
Veselko protagonizó otra final resuelta al límite. Joshua Karbus, irlandés, había sumado 8,50 y 8,07. El portugués necesitaba un 9,13, obtuvo primero un 9 que todavía no bastaba y, en la última oportunidad, recibió exactamente 9,13. Su total de 18,13 fue el más alto de la competición. La historia se parece a la remontada de Martín por el momento decisivo, pero no es la misma: cambian división, rival, exigencia numérica y tipo de surfing.
En Sub16 femenino, Mel Canhoto combinó un 8,33 y un 9,27; Vida Mendonça sumó 6,17 y 7,33. Ese doble resultado portugués tuvo un impacto colectivo evidente. En Sub16 masculino, el título fue para Kamiel Deraeve, que consiguió el primer campeonato europeo de Bélgica en esta categoría. Tiago Hanssen, de Suecia, fue segundo; Francisco Santos aportó a Portugal una tercera plaza y Francisco Anglani terminó cuarto para Italia.
Estos resultados ayudan a comprender por qué dos oros españoles no bastaron para la general. Portugal reunió más puntos a través del cuadro completo. La clasificación no valora únicamente cuántas finales gana una selección; valora dónde terminan todos sus deportistas según el sistema del campeonato. Una eliminación en una ronda temprana puede pesar tanto como una medalla, aunque reciba mucha menos atención pública.
España, campeona europea júnior en 2024, pasó a la segunda plaza en 2026. No es una caída que invalide el trabajo anterior ni una continuidad automática. Son dos ediciones diferentes. Portugal fue mejor en la suma de Bundoran. España mantuvo un nivel continental alto y produjo dos campeones. Italia logró la tercera plaza. Irlanda, anfitriona, terminó sexta y elevó su rendimiento respecto a la edición anterior con actuaciones que movilizaron a la playa.
La comparación responsable termina ahí. No conocemos todavía qué carreras tendrán todos estos jóvenes ni qué resultado repetirá cada programa nacional. Una clasificación júnior muestra el presente de una generación en un evento concreto. Su valor está en el rendimiento demostrado y en la experiencia acumulada, no en prometer quién dominará el surf europeo adulto dentro de cinco años.
Las mangas sin medalla también construyen una selección
La narración deportiva tiende a borrar a quien no llega a la final. Es comprensible que el podio organice el titular, pero resulta incompleto cuando hablamos de un resultado por equipos. España necesitó cada avance y cada posición. Los deportistas eliminados siguieron participando en el campeonato como compañeros: observando, ayudando a preparar mangas, sosteniendo la convivencia y celebrando resultados ajenos. Esa aportación humana no siempre se puede convertir en puntos, aunque los puntos obtenidos antes de caer sí permanecen.
Ane Illaramendi alcanzó la ronda previa a la final. Alejo Valido cerró su recorrido en la última jornada. Otros integrantes habían terminado antes sus cuadros. No tiene sentido fabricar para cada uno una historia de superación que las fuentes no documentan. Basta reconocer el hecho competitivo: sus posiciones formaron parte de los 7.808 puntos y su experiencia no desaparece porque el foco final se colocara en Martín y Julieta.

En deporte júnior, esta mirada importa especialmente. Una eliminación temprana puede producir una distancia enorme entre lo que siente el atleta y lo que ve el público. Desde fuera aparece una casilla; desde dentro hay meses de preparación, un viaje y una manga que quizá se decide por una prioridad o una ola que no llega. El trabajo técnico debe analizar lo ocurrido sin convertir un resultado puntual en identidad.
El cuerpo técnico tiene una tarea compleja: apoyar al finalista sin abandonar a quien acaba de perder. Preparar estrategias diferentes, ordenar descansos, interpretar jueces y comunicar cambios de programa exige coordinación. La Federación destacó el trabajo de las personas que acompañaron a la expedición y la cohesión del grupo. No podemos medir desde fuera cada intervención, pero sí comprender por qué un campeonato por equipos necesita una estructura que supera a los surfistas que aparecen en pantalla.
También hay una responsabilidad para quien cuenta el evento. Un artículo puede celebrar campeones sin afirmar que los demás “fallaron”. Puede explicar una clasificación sin reducir a los jóvenes a promesas o decepciones. Puede diferenciar datos —rondas, puntos, posiciones— de interpretaciones sobre futuro. Esta precisión no enfría el relato; lo hace más justo.
El subcampeonato español es valioso porque reúne ambos planos. Ofrece resultados individuales extraordinarios y demuestra profundidad colectiva. Martín y Julieta merecen el protagonismo de sus títulos. Sus compañeros merecen aparecer como parte indispensable del segundo puesto. Cuando esas dos ideas conviven, la clasificación deja de ser un ranking y se convierte en la historia real de un equipo.
Lo que los resultados enseñan sobre competir, sin convertirlos en recetas
Las finales de Bundoran dejan principios útiles para comprender la competición, pero no manuales universales. El primero es que una manga se gana con dos puntuaciones, no con la ola más espectacular. Julieta superó a Cuppone aunque la italiana obtuviera la nota individual más alta. La regularidad dentro del tiempo disponible puede vencer a un pico de rendimiento aislado.
El segundo es que la necesidad numérica ordena decisiones. Martín sabía que necesitaba más de 8,04; Veselko necesitaba 9,13. Ese dato no les decía qué ola elegir ni cómo surfearla, pero definía el tamaño de la respuesta. En competición, conocer la situación evita gastar tiempo persiguiendo una puntuación insuficiente. Fuera de competición, en cambio, surfear no necesita convertirse en una persecución de notas.
El tercero es que la posición tiene un coste de oportunidad. Esperar fuera puede ofrecer una pared más larga o dejar al deportista sin sección. Moverse hacia dentro aumenta la frecuencia y puede reducir el potencial. La decisión depende del mar, el tiempo restante, la prioridad y la puntuación necesaria. Copiar la zona del líder tampoco garantiza nada: puede que la siguiente serie cambie o que cada surfista necesite un tipo diferente de ola.
El cuarto es que la adaptación entre modalidades no consiste en trasladar gestos de una tabla a otra. Julieta no ganó shortboard porque compitiera en longboard ni consiguió el bronce de longboard gracias a una fórmula idéntica. La doble participación demuestra amplitud y capacidad de cambio. Para un surfista recreativo, la lección razonable no es usar dos tablas en cada sesión, sino aceptar que el material modifica tiempos, líneas y objetivos.
El quinto es que el resultado colectivo necesita continuidad. Una selección no puede depender de una única manga final. Esto tiene un paralelo fuera de los campeonatos: mejorar no suele depender de una sesión perfecta, sino de muchas oportunidades suficientemente buenas. La analogía debe mantenerse en su sitio; una persona que surfea por placer no tiene que adoptar la presión de un equipo nacional. Puede quedarse con la idea de proceso sin copiar el contexto competitivo.
Finalmente, Bundoran recuerda que leer el mar forma parte del rendimiento. Ninguna preparación física decide dónde romperá la siguiente ola. La experiencia permite reconocer patrones y ajustar probabilidades, no controlar el océano. Los mejores competidores siguen expuestos a esperas, errores y cambios. Su mérito no está en eliminar la incertidumbre, sino en responder a ella con más recursos.
Qué deja Bundoran al presente del surf español
El resultado confirma una base juvenil capaz de competir en shortboard y longboard al máximo nivel europeo. España terminó además como primera nación europea en la clasificación del Mundial júnior ISA celebrado anteriormente en El Salvador, donde ocupó la séptima plaza general. Son competiciones distintas y no deben sumarse como si formaran una liga única. Juntas muestran que el grupo español pudo rendir en dos citas internacionales importantes durante una temporada intensa.
Los títulos de Martín y Julieta amplían la visibilidad de dos recorridos que seguirán necesitando tiempo. Un campeonato júnior no resuelve la transición al circuito adulto. Cambian rivales, viajes, presión, apoyo económico y exigencias de entrenamiento. La mejor manera de valorar el presente es no cargarlo con predicciones. Hoy son campeones europeos en sus categorías; eso ya es un dato suficientemente importante.
Para el longboard español, el oro masculino y el bronce femenino muestran competitividad en dos cuadros. Para el shortboard femenino, el título Sub18 confirma que Julieta pudo gestionar una final estrecha ante rivales que produjeron notas altas. Para el equipo completo, la plata señala que todavía hubo una selección, Portugal, con mayor suma. Celebración y análisis caben en la misma frase.
También queda una referencia para los circuitos nacionales y las escuelas que acompañan el desarrollo anterior a una convocatoria. El campeonato europeo es la parte visible de una cadena más larga: sesiones ordinarias, competiciones autonómicas y nacionales, trabajo de clubes, apoyo familiar y decisiones técnicas que no aparecen en la retransmisión. No es posible repartir desde fuera el mérito exacto de cada agente, pero sí evitar la idea de que una selección surge únicamente cuando se publica una lista de nombres. El rendimiento de Bundoran fue preparado en lugares y momentos distintos mucho antes del viaje.
Ese ecosistema afronta ahora una tarea menos espectacular que celebrar: convertir la experiencia en aprendizaje sin sobrecargar a los jóvenes. Revisar vídeos, identificar decisiones útiles y reconocer errores puede mejorar el siguiente proceso; exigir una repetición inmediata del podio puede producir el efecto contrario. La formación necesita ambición, descanso y perspectiva. Un título abre oportunidades, pero el deportista continúa siendo una persona en desarrollo y no una promesa obligada a confirmar cada expectativa.
El campeonato también devuelve protagonismo a Bundoran y a la costa irlandesa. La organización consiguió sostener una semana de competición con escenarios que exigían adaptación. El público local acompañó especialmente a sus finalistas y la selección irlandesa mejoró su posición. Un evento internacional no ocurre en un vacío: depende de clubes, jueces, voluntariado, equipos técnicos y una comunidad capaz de recibir a más de doscientos jóvenes.
Cuando el surf español mire atrás a esta edición, probablemente recordará el 8,50 de Martín y la combinación de 14,03 de Julieta. Conviene conservar también lo que rodeó esos números: la marea que cambió, las mangas que sumaron puntos sin llegar al podio, el equipo que terminó segundo y la selección portuguesa que fue más regular. Esa memoria completa sirve más que una colección de imágenes victoriosas.
Bundoran no entregó una garantía sobre el futuro. Entregó algo más concreto: experiencia internacional, dos campeones, una doble medallista y un subcampeonato construido por todo el grupo. El siguiente paso será diferente para cada deportista. Lo que ya está escrito es que, durante una semana atlántica de 2026, España compitió hasta el final y volvió a ocupar una de las posiciones centrales del surf júnior europeo.
THE SURF TOWN JOURNAL






























