Hubo un tiempo en el que conocer a un surfista profesional significaba esperar una revista, una película, una entrevista o una campaña de marca. Veíamos sus mejores olas, algún viaje, una foto imposible y poco más. Entre una aparición y la siguiente quedaba un espacio vacío. Y ese espacio, para bien o para mal, fabricaba misterio.

En 2026 ese vacío casi ha desaparecido. Sabemos dónde entrena un surfista, qué desayuna, cómo recupera, qué música escucha, qué aeropuerto atraviesa y, muchas veces, qué piensa antes de que haya tenido tiempo de pensarlo demasiado. Kolohe Andino acaba de volver a poner el tema sobre la mesa con una frase que resume bien su incomodidad: demasiado desayuno y demasiada meditación en pantalla.

La observación apareció en una conversación reciente en StabMic y ha reabierto una discusión interesante para cualquiera que siga el surf más allá de los resultados. Andino no está hablando únicamente de Instagram. Está preguntando qué ocurre con una cultura cuando todo aquello que antes se editaba, se esperaba y se convertía en historia pasa a publicarse en tiempo real.

Después de varios días en THE SURF TOWN JOURNAL siguiendo campeonatos, comunidad, viajes y cambio de temporada, hoy nos alejamos del marcador para mirar una cuestión más difícil de medir: ¿puede el surf seguir pareciendo especial cuando ya no guarda casi nada para después?

Imagen de cabecera: Kolohe Andino en Haleiwa. Foto: Trevor Moran / Red Bull Content Pool.

La frase de Kolohe Andino no va realmente sobre el desayuno

Reducir su crítica a una broma contra las rutinas matinales sería perder el punto. Lo que Andino cuestiona es la transformación del surfista profesional en un canal de contenido permanente. Antes, una marca podía pasar meses construyendo una campaña alrededor de unas pocas fotografías o de una sección de vídeo. Hoy el atleta tiene un teléfono en el bolsillo y una audiencia que espera continuidad.

Eso cambia el trabajo. Ya no basta con surfear bien. Hay que aparecer, explicar, publicar, responder, documentar y mantener una presencia reconocible entre una sesión y la siguiente. La exposición deja de ser un acontecimiento y se convierte en infraestructura.

Andino conoce las dos épocas. Creció como uno de los grandes prodigios del surf estadounidense cuando las revistas, los DVD, las películas y las campañas todavía tenían un poder enorme para construir personajes. Más tarde vivió de lleno la etapa en la que Instagram se convirtió en escaparate, currículum, medio de comunicación y herramienta comercial al mismo tiempo.

Su crítica llega además desde una posición particular. Tras años en el Championship Tour, su trabajo reciente se ha desplazado hacia proyectos propios, películas y marcas como 2% Union y Steko. En lugar de pedir más contenido inmediato, su apuesta vuelve una y otra vez a una idea antigua: editar, producir, crear una estética y dejar algunas zonas fuera de campo.

El misterio era también una herramienta de edición

La palabra “misterio” puede sonar exageradamente romántica. Pero en realidad describe algo muy sencillo: no verlo todo.

Las grandes películas de surf nunca intentaron registrar cada sesión de un viaje. Elegían. Una ola entraba y veinte quedaban fuera. Una canción convertía tres minutos de surfing en una pequeña identidad. Un plano de una carretera, una habitación de hotel o un reef vacío podía contar más que una hora de stories.

Lo mismo ocurría con la fotografía. Una portada no era la prueba de que alguien había salido al agua aquella mañana. Era una imagen que tenía que sobrevivir durante semanas en un quiosco, en una habitación o pegada a una pared. La escasez obligaba a seleccionar y esa selección producía significado.

La cultura surf se alimentó durante décadas de ese lenguaje. Las películas no fueron únicamente catálogos de maniobras. Transmitieron estilos, música, destinos, formas de vestir, maneras de mirar una ola y hasta ideas sobre qué significaba ser surfista. Por eso siguen reapareciendo cuando se habla de identidad.

En nuestro artículo sobre el Quiksilver Festival 2026 en Hossegor ya aparecía esa misma mezcla: surf, cine, música y arte compartiendo espacio. El surf nunca ha sido únicamente una puntuación sobre diez.

Kolohe Andino durante una maniobra aérea en Hawái. Foto: Red Bull Content Pool.
Kolohe Andino durante una maniobra aérea en Hawái. Foto: Red Bull Content Pool.

Instagram no destruyó la cultura surf: cambió quién sostiene la cámara

Sería demasiado fácil convertir las redes sociales en el villano de la historia. También resolvieron problemas reales del modelo anterior.

Durante mucho tiempo, unas pocas revistas, marcas y productoras decidían quién aparecía y quién no. Si un surfista no encajaba en esa estructura, podía tener un nivel extraordinario y seguir siendo prácticamente invisible fuera de su playa. Las redes rompieron buena parte de ese filtro.

Hoy un surfista joven puede publicar una sesión excepcional sin esperar a que una revista compre la foto. Una deportista puede construir una comunidad sin depender de que una campaña de marca considere que su historia merece espacio. Un creador local puede mostrar una ola, una escena o una cultura que antes no habría cruzado la frontera de su región.

También existe una relación más directa con la audiencia. Los seguidores conocen lesiones, derrotas, procesos de recuperación, dudas y etapas que antiguamente quedaban fuera de la narrativa oficial. Eso puede humanizar el alto nivel y hacer que el surf profesional resulte menos inaccesible.

El problema, por tanto, no es que podamos ver más. El problema aparece cuando la obligación de mostrar reemplaza a la decisión de contar.

Cuando todo es contenido, nada tiene tiempo para convertirse en historia

Una de las diferencias más profundas entre una película y un feed es el tiempo. Una película obliga a esperar. Un feed castiga el silencio.

El algoritmo premia la regularidad y la capacidad de mantener atención. Esto empuja a deportistas, marcas y medios hacia una producción continua: la sesión, el viaje al aeropuerto, el calentamiento, el café, la comida, el gimnasio, la recuperación y la reflexión del día. Cada fragmento puede ser útil por separado. Juntos pueden acabar borrando precisamente aquello que intentaban acercar.

La paradoja es curiosa. Cuanto más acceso tenemos a una persona, menos espacio queda para imaginarla.

Eso no significa que los surfistas deban fingir ser personajes inaccesibles. Significa que la cultura necesita edición. No toda ola merece publicarse. No toda rutina necesita convertirse en formato vertical. No todo viaje mejora porque haya sido retransmitido desde la puerta de embarque.

La palabra importante aquí quizá no sea “misterio”, sino criterio.

El surfista profesional también se ha convertido en medio de comunicación

Hay además una razón económica. La relación entre atleta y patrocinador ha cambiado. Las marcas ya no compran únicamente rendimiento o imagen. Compran también alcance, frecuencia, conversación y capacidad de distribución.

Un surfista con una comunidad fuerte controla una parte de su propio medio. Puede lanzar un proyecto, anunciar una película, vender producto o presentar un patrocinador sin esperar a que otra cabecera le preste audiencia. Esa independencia es poderosa y explica por qué no existe una vuelta sencilla al pasado.

Pero también crea una tensión nueva: el atleta debe producir valor incluso cuando no hay olas memorables.

Ahí entra el desayuno. No porque desayunar sea aburrido, sino porque el calendario de publicación sigue corriendo aunque el océano no haga nada interesante. El contenido cotidiano rellena ese espacio. Y lo que nació como proximidad puede terminar convirtiéndose en ruido.

Las películas de surf vuelven a tener una función que parecía antigua

Precisamente por eso las películas largas están recuperando una función cultural interesante. No compiten con el teléfono intentando ser más rápidas. Hacen lo contrario.

Una película puede esperar seis meses por una ola. Puede construir una secuencia alrededor de una canción. Puede dejar treinta segundos sin explicar nada. Puede mostrar un viaje sin convertirlo en tutorial. Y, sobre todo, puede ofrecer algo que un feed cronológico tiene difícil: una mirada completa.

Andino lleva años moviéndose en esa dirección. Produjo Reckless Isolation, ha impulsado proyectos de vídeo con la escena de San Clemente y ahora vuelve a colocar el cine de surf en el centro de su propuesta creativa. Su postura resulta más comprensible cuando se observa desde ahí. No está pidiendo desaparecer. Está defendiendo otra forma de aparecer.

El contraste es casi perfecto: la red social pregunta “¿qué tienes hoy?”. Una película pregunta “¿qué merece quedarse?”.

Lo que ganamos con las redes

Antes de dar por buena cualquier nostalgia, conviene hacer inventario. El surf conectado ha ganado cosas importantes:

  • Acceso: escenas pequeñas y surfistas sin grandes patrocinadores pueden encontrar audiencia.
  • Control: los atletas cuentan su propia versión sin depender por completo de marcas y medios.
  • Diversidad: aparecen más voces, países, estilos y experiencias que en la vieja cultura editorial concentrada.
  • Comunidad: clubes, fotógrafos, proyectos ambientales y eventos locales pueden organizarse y crecer con herramientas que antes no tenían.
  • Transparencia: lesiones, salud mental, desigualdades o conflictos de la industria tienen más posibilidades de hacerse visibles.

Nada de esto es menor. Idealizar el pasado supondría olvidar que su misterio también podía ser exclusión.

Lo que podemos perder cuando desaparece la distancia

La otra columna del inventario es más difícil de medir:

  • Anticipación: si vemos cada clip de un viaje antes de la película, el estreno llega parcialmente gastado.
  • Iconografía: una imagen excepcional compite en la misma pantalla con veinte escenas ordinarias de ese mismo día.
  • Identidad: la presión por seguir formatos exitosos puede hacer que surfistas muy distintos terminen comunicando de la misma manera.
  • Silencio: desaparece el espacio necesario para que una sesión, un viaje o una derrota se procesen antes de convertirse en publicación.
  • Sorpresa: conocemos demasiado pronto el lugar, la tabla, la maniobra y el resultado.

El riesgo no es que el surf deje de ser bueno. Nunca se ha surfeado a un nivel técnico tan alto. El riesgo es que la forma de enseñarlo se vuelva más plana justo cuando el surfing se vuelve más extraordinario.

¿Qué significa ser “cool” en el surf de 2026?

Andino ha resumido parte de su intención con otra idea deliberadamente sencilla: volver a hacer que los surfistas parezcan interesantes. Puede sonar superficial, pero la cultura siempre ha trabajado con símbolos.

El surf vendió durante décadas una combinación de libertad, riesgo, viaje, creatividad y cierta independencia de las reglas normales. Esa imagen nunca fue completamente real, pero sí fue enormemente influyente. Inspiró a gente a viajar, aprender a surfear, hacer fotos, grabar películas, diseñar tablas y construir marcas.

En 2026 quizá “cool” ya no pueda significar inaccesible. La audiencia está acostumbrada a hablar directamente con deportistas y creadores. Pero sí puede significar tener una voz propia y saber cuándo no usarla.

El misterio moderno puede consistir simplemente en reservar algo para una película, una conversación larga o la vida privada. En elegir una imagen buena en vez de publicar doce. En no confundir autenticidad con retransmisión permanente.

La mejor cultura surf siempre ha sabido mezclar lo nuevo con lo antiguo

El debate no necesita terminar con una elección entre revistas de papel e Instagram. Esa guerra ya pasó. Las herramientas nuevas no van a desaparecer y sería absurdo pedirlo.

La pregunta útil es otra: ¿qué prácticas de la vieja cultura merecen sobrevivir dentro de las herramientas nuevas?

La edición es una. La paciencia es otra. La fotografía pensada para durar, también. Las películas con una dirección clara. Los estrenos compartidos físicamente. Las historias que no necesitan explicar cada detalle. Los proyectos que construyen una estética antes de perseguir una tendencia.

Y, al mismo tiempo, conviene conservar lo mejor que trajeron las redes: acceso, diversidad, voz propia y capacidad de conectar comunidades que antes estaban aisladas.

La cultura más interesante casi nunca nace de elegir un extremo. Nace del roce entre ambos.

La pregunta que deja Kolohe Andino

Quizá dentro de unos años Instagram sea recordado como una etapa más en la larga relación del surf con las cámaras. Antes fueron las diapositivas, las revistas, el VHS, el DVD, los blogs y YouTube. Cada formato cambió qué mirábamos y quién podía enseñarlo.

La diferencia actual es la velocidad. Nunca hubo tanta imagen de surf ni tantos surfistas capaces de publicarla por sí mismos. Eso es una oportunidad extraordinaria, pero también coloca una responsabilidad nueva sobre quien sostiene el teléfono.

No se trata de esconder la realidad para fabricar personajes falsos. Se trata de recordar que contar bien algo exige dejar cosas fuera.

El surf necesita buenos surfistas. También necesita fotógrafos, cineastas, editores, músicos, diseñadores, revistas, clubes y gente capaz de convertir una sucesión de olas en una cultura reconocible. Las redes pueden ampliar todo eso, siempre que no confundamos volumen con significado.

Y quizá ahí está lo más interesante de la provocación de Andino. El desayuno no es el enemigo. La meditación tampoco. El problema empieza cuando creemos que, para ser auténticos, tenemos que enseñar absolutamente todo.

THE SURF TOWN JOURNAL