El oído de surfista suele avanzar sin una señal espectacular: primero queda agua atrapada más tiempo, después aparecen tapones o infecciones repetidas y solo bastante más tarde se nota que oír cuesta. El nombre coloquial puede llevar a confusión. No describe cualquier molestia después del baño, sino unas exostosis del conducto auditivo externo: crecimiento de hueso benigno que estrecha lentamente el canal tras años de exposición repetida al agua y al aire fríos.

La consecuencia práctica es importante porque el proceso no se parece a una lesión aguda. No hace falta una ola grande, un golpe ni una sesión memorable. Cuenta la acumulación: inviernos, viento, baños largos, bodyboard, natación, kayak y surf con la cabeza entrando una y otra vez en agua fría. Una revisión sistemática publicada en 2023 reunió 19 estudios y casi 3.000 surfistas; encontró exostosis en una proporción elevada de los participantes, aunque las cifras variaron mucho entre costas, temperaturas, años de práctica y métodos de examen. Ese dato no permite diagnosticar a nadie desde una pantalla, pero sí desmonta la idea de que se trata de una rareza reservada a profesionales.

Protegerse tampoco consiste en sellar el oído a cualquier precio. Un tapón que no ajusta puede perderse, irritar la piel o aislar demasiado del entorno. Una capucha ayuda frente al agua y el viento, pero no garantiza que el conducto permanezca seco. Las gotas caseras no son universales: pueden ser inadecuadas si existe perforación del tímpano, drenaje, tubos de ventilación, cirugía previa o una infección activa. Y un bastoncillo que parece sacar agua puede empujar cerumen, arañar la piel y empeorar el problema.

La estrategia útil une prevención, secado prudente, capacidad de escuchar el mar y consulta sanitaria cuando aparecen señales persistentes. Este artículo explica esa lógica para la vida real del surfista. No sustituye una exploración médica ni pretende indicar un tratamiento individual. El oído es pequeño, profundo y difícil de valorar sin otoscopio; cuando hay dolor, secreción, pérdida de audición, mareo o síntomas que no ceden, la decisión correcta no es experimentar, sino pedir valoración profesional.

El oído de surfista no es lo mismo que el oído de nadador

Dos problemas distintos comparten agua, molestias y un nombre parecido. El llamado oído de nadador es una otitis externa: inflamación o infección de la piel que recubre el conducto. Puede aparecer después de que la humedad permanezca dentro, especialmente si la piel se ha lesionado al rascar o introducir objetos. Suele manifestarse con dolor, picor, sensibilidad al tocar la oreja, enrojecimiento o secreción. Las exostosis, en cambio, son crecimiento óseo. Se forman despacio, no desaparecen al secar el oído y pueden existir durante años sin síntomas claros.

Ambas situaciones se relacionan porque un conducto estrechado drena peor. El agua, el cerumen y los restos de piel encuentran menos espacio para salir; la humedad permanece y la limpieza natural se dificulta. Por eso una persona con exostosis puede sufrir tapones o episodios repetidos de otitis externa. La infección no “crea” de inmediato el hueso, ni cada oído que queda taponado confirma exostosis. Hace falta explorar para distinguir crecimiento óseo, cerumen impactado, inflamación, un cuerpo extraño u otras causas.

También conviene separar oído externo de oído medio. La presión bajo una ola puede resultar incómoda, pero el surf habitual cerca de la superficie no reproduce por sí solo los cambios profundos del buceo. Un golpe de tabla, una caída violenta, una infección o una perforación del tímpano plantean problemas diferentes. Dolor súbito intenso, sangre, pérdida brusca de audición, zumbido nuevo, vértigo o secreción después de un impacto merecen atención sanitaria; no deben atribuirse automáticamente al “agua dentro”.

Esta distinción evita dos errores. El primero es normalizar infecciones repetidas como precio inevitable del invierno. El segundo es tratar cualquier sensación de plenitud con remedios improvisados. Los organismos de salud pública recomiendan mantener el oído seco, permitir que el agua drene y no introducir bastoncillos, llaves, dedos ni otros objetos. También advierten que las gotas secantes deben consultarse si existe una condición previa del tímpano o drenaje. La prevención cotidiana es sencilla precisamente porque no necesita invadir el conducto.

Una consulta de rutina puede descubrir exostosis antes de que afecten mucho a la audición. El profesional observa cuánto espacio queda, si hay cerumen retenido, inflamación o signos de infección. En casos leves, el objetivo suele ser proteger, vigilar y tratar los episodios asociados cuando corresponda. La cirugía se reserva para situaciones seleccionadas, por ejemplo obstrucción importante con infecciones recurrentes o pérdida auditiva conductiva. No es un mantenimiento periódico ni una solución que vuelva innecesaria la protección: la exposición continuada puede favorecer recurrencia.

El frío importa por repetición, duración y viento

El conducto auditivo externo está revestido por piel y rodeado de hueso. La explicación aceptada de las exostosis es que la exposición repetida al agua fría estimula crecimiento óseo alrededor del anillo timpánico. No sucede igual en todas las personas ni existe una cifra universal de sesiones a partir de la cual aparezca. La dosis acumulada cuenta: años de práctica, frecuencia semanal, tiempo en el agua, temperatura y protección. El viento frío añade enfriamiento cuando el oído mojado queda expuesto entre series o al salir.

Por eso la geografía no ofrece una frontera perfecta. El Cantábrico, Galicia, Portugal o el Atlántico invernal parecen contextos evidentes, pero una persona puede sumar una exposición relevante en aguas moderadas durante muchas horas y temporadas. Tampoco la llegada del verano borra lo acumulado. El riesgo no depende de que el agua resulte insoportable; depende de la repetición del estímulo frío sobre el conducto. Una sesión corta no determina el futuro, del mismo modo que estrenar tapones después de diez años no vuelve inútil empezar a protegerse.

La cabeza entra en el agua más de lo que recuerda la memoria de la sesión. Cada pato, caída, remontada y giro vuelve a mojar el oído. El surfista que espera sentado recibe viento lateral con el conducto húmedo. En bodyboard, bodysurf o natación la inmersión puede ser todavía más frecuente. La tabla, el grosor del traje y el nivel no eliminan esa exposición. Incluso un día pequeño puede sumar dos horas de frío estable.

La relación con el resto del equipo resulta clara. Un neopreno que deja circular agua obliga al cuerpo a recalentarla una y otra vez, como explica THE SURF TOWN en por qué el grosor deja de bastar cuando entra agua. En el oído ocurre otra cosa, pero el principio práctico se parece: no basta mirar un número. Una capucha de buen grosor puede fallar si deja el conducto expuesto o se desplaza; un tapón excelente puede servir de poco si se usa solo en los días más duros y se olvida durante el resto del invierno.

El aire también decide la comodidad. Al salir, quitarse la capucha y permanecer con el oído mojado en un aparcamiento ventoso prolonga la sensación de frío. Secar por fuera, abrigar la cabeza y cambiarse sin demora reduce exposición y mejora la recuperación general. No hace falta calentar el conducto con aire muy caliente ni introducir una toalla enrollada. El objetivo es que el agua salga por gravedad y que la zona externa quede seca sin lesionar la piel.

Surfista con tabla caminando por una playa fría y ventosa
El agua fría se combina con el viento cuando el conducto permanece mojado al salir. Fotografía real: Jędrzej Koralewski / Pexels.

Las primeras señales suelen parecer demasiado pequeñas

El agua que tarda en salir es una de las señales más repetidas por surfistas con exostosis. No confirma el diagnóstico, pero merece atención cuando se vuelve habitual, afecta siempre al mismo lado o aparece junto a tapones e infecciones. La sensación puede cambiar al inclinar la cabeza, mover la mandíbula o tirar suavemente del pabellón. Si el conducto está estrechado, el líquido puede quedar detrás de una zona de hueso o cerumen y no responder a maniobras insistentes.

Otra pista es la audición amortiguada que va y viene. A veces no procede del hueso por sí solo, sino del agua o la cera retenidas en el espacio reducido. La persona sube el volumen, pide repetir en ambientes ruidosos o nota que un oído “abre” de repente. Como el otro lado compensa, el cambio puede pasar desapercibido. Comparar de manera informal tapando un oído no sustituye una audiometría y puede generar falsas conclusiones; si la diferencia persiste, conviene evaluarla.

Las infecciones repetidas requieren la misma seriedad. Dolor al tocar la oreja, picor intenso, hinchazón, secreción o mal olor no son síntomas para seguir entrando con la esperanza de que el agua “limpie”. La piel inflamada pierde su barrera, y el material introducido en el conducto puede empeorar la irritación. Un profesional puede valorar si existe otitis externa, si las gotas llegarán al lugar adecuado y si el tímpano está íntegro. Usar antibióticos sobrantes o gotas de otra persona no resuelve esa evaluación.

El dolor no mide por sí solo la gravedad. Las exostosis pueden avanzar sin dolor; una infección pequeña puede doler mucho. La pérdida progresiva de audición, los tapones recurrentes o la sensación persistente de plenitud justifican una revisión aunque la sesión siga siendo posible. Esperar a que el oído “se cierre” reduce opciones de manejo sencillo y convierte cada entrada en una negociación con agua retenida.

Existen señales que requieren atención urgente o rápida según el contexto: pérdida brusca de audición, vértigo intenso, debilidad facial, traumatismo, sangre, fiebre con empeoramiento, dolor fuerte, secreción persistente o síntomas neurológicos. La respuesta adecuada depende del país y del estado de la persona, pero el principio es común: salir del agua, no introducir nada y buscar asistencia. Este artículo no permite diferenciar desde lejos una obstrucción banal de una lesión importante.

Registrar el patrón ayuda. Fecha, temperatura aproximada, lado afectado, duración del taponamiento, dolor, secreción y uso de protección ofrecen información más útil que “me pasa a veces”. También permite detectar si un modelo de tapón irrita, si la capucha desplaza el cierre o si los síntomas aparecen tras sesiones especialmente largas. El registro no diagnostica; mejora la conversación con quien sí puede explorar.

Tapones y capucha deben proteger sin borrar el entorno

La barrera física más directa son los tapones. Los modelos para agua buscan reducir la entrada y, en algunos diseños, conservar parte de la audición mediante membranas acústicas. Otros sellan más. No existe una forma universal de oído, de modo que la talla y el ajuste importan tanto como la marca. Un tapón que sobresale, duele o se afloja al mover la mandíbula no está resolviendo bien el problema. Los modelos a medida pueden ser una opción cuando los estándares no ajustan, especialmente con anatomía difícil o uso frecuente.

La audición forma parte de la seguridad. En el pico interesa escuchar avisos, tablas que golpean, una llamada del compañero o una embarcación. El aislamiento total puede resultar incómodo y modificar el equilibrio espacial. Antes de remar fuera conviene probar el sistema en condiciones fáciles: hablar a distancia, mover la cabeza, sumergirse, hacer un pato y comprobar que sigue en su sitio. La primera prueba no debería coincidir con el día más grande del mes.

La retención también cuenta. Un cordón entre tapones reduce pérdidas, pero debe quedar organizado para no crear un bucle incómodo ni engancharse. La capucha puede ayudar a mantenerlos y, además, limitar el golpe directo del agua y el viento. Sin embargo, una capucha mal ajustada puede presionar el tapón más de la cuenta, moverlo o permitir que el agua entre y quede retenida. Después de cada entrada hay que comprobar piel, comodidad y estado del material.

Los tapones reutilizables necesitan limpieza según las instrucciones del fabricante y secado completo antes de guardarse. Compartirlos no es buena idea. La caja húmeda acumula arena y materia orgánica; introducir de nuevo esa superficie en el conducto contradice la prevención. Si el material cambia de textura, se agrieta o ya no recupera su forma, se sustituye. No hace falta esperar a perderlo en una serie.

La capucha protege mejor cuando cubre los oídos sin arrugas y el contorno facial permanece estable. Integrada o separada, debe permitir girar la cabeza, respirar y ver sin esfuerzo. No conviene elegirla únicamente por grosor. La circulación de agua, el cuello y las costuras modifican el resultado térmico. Además, la sensación de presión sobre el oído debe distinguirse del dolor interno: una prenda puede ajustarse, pero no debería convertir cada giro en molestia.

Ninguna barrera garantiza prevención absoluta. El uso constante reduce exposición, y esa reducción tiene sentido incluso si algo de agua entra. La decisión razonable no enfrenta “tapones perfectos” contra “nada sirve”. Combina un sistema cómodo, una capucha cuando corresponde y hábitos posteriores. La mejor protección es la que el surfista puede mantener durante años sin perder comunicación ni añadir un riesgo nuevo.

Surfista con neopreno junto a su tabla en el agua
La protección debe seguir permitiendo escuchar, orientarse y compartir el espacio con otros usuarios. Fotografía real: Kampus Production / Pexels.

Secar el oído no significa invadirlo

Al terminar la sesión, la gravedad es el primer recurso. Inclinar la cabeza con el oído hacia abajo, moverla suavemente y tirar del lóbulo en distintas direcciones puede ayudar a que el agua encuentre salida. Secar el pabellón y la entrada con una toalla limpia es suficiente; la tela no debe empujarse dentro. Saltar, golpear la cabeza o crear presión fuerte no aporta una ventaja clara y puede irritar.

Si queda humedad, los CDC contemplan usar un secador en la potencia y temperatura más bajas, a varios centímetros de distancia. El aire debe ser suave y nunca caliente. Esta recomendación no invita a dirigir calor intenso durante minutos ni a introducir la boquilla. Quien siente dolor, tiene secreción o sospecha una lesión necesita valoración, no más intentos de secado.

Los bastoncillos son una trampa frecuente. La punta absorbe algo de agua visible, pero también puede retirar cerumen protector, empujar restos hacia dentro y producir pequeñas heridas. La cera cumple una función: ayuda a repeler agua y limita el crecimiento de microorganismos. Cuando forma un tapón, la extracción debe decidirla un profesional, especialmente si el canal está estrechado. Rascar con el extremo de una toalla, una llave o el dedo repite el mismo problema con menos control.

Las gotas secantes requieren contexto. Algunas fórmulas comerciales facilitan evaporación, pero no deben usarse sin consultar cuando hay tubos de ventilación, perforación del tímpano, cirugía previa, otitis externa o drenaje. Las mezclas caseras de alcohol y vinagre aparecen a menudo en conversaciones de vestuario; convertirlas en receta general es irresponsable porque el usuario no ve el tímpano y la concentración importa. Si un sanitario recomienda un producto, debe indicar cuándo y cómo usarlo.

El agua dulce en la ducha tampoco se introduce a presión para “aclarar” el conducto. Irrigar sin saber si existe obstrucción, infección o perforación puede empeorar la situación. Se limpia la zona externa y se deja que el oído haga su trabajo. Un hábito preventivo debería ser repetible, suave y compatible con la anatomía; si necesita dolor o fuerza, no es mantenimiento.

La recuperación general ayuda a tomar mejores decisiones. Cambiarse, abrigarse, beber y comer según la duración y el esfuerzo evita confundir escalofríos, fatiga o deshidratación con un problema aislado. El agua fría puede ocultar la sed, como desarrolla THE SURF TOWN en por qué el agua fría puede ocultar la deshidratación. El oído forma parte de una salida ordenada: material, temperatura corporal, hidratación y síntomas se revisan antes de conducir.

Una infección cambia el plan de la siguiente sesión

El deseo de no perder un parte empuja a minimizar dolor o secreción. Entrar con una otitis externa activa mantiene humedad sobre una piel dañada, puede impedir que el tratamiento funcione y complica el uso de tapones. El momento de volver debe decidirse con el profesional que ha valorado el oído. “Ya duele menos” no confirma que la piel esté recuperada ni que el tímpano sea normal.

Los tratamientos no son intercambiables. Una infección bacteriana, una dermatitis, un hongo, cerumen impactado y una exostosis pueden producir plenitud o picor, pero requieren respuestas diferentes. Incluso las gotas antibióticas dependen del estado del tímpano y de que alcancen el conducto. Cuando la hinchazón es importante, el sanitario puede necesitar limpiar o facilitar la entrada del medicamento. Copiar lo que funcionó a un amigo mezcla diagnósticos que solo se parecen desde fuera.

El dolor al presionar el trago o mover la oreja es típico de la otitis externa, pero no debe usarse como prueba casera definitiva. La ausencia de ese dolor tampoco descarta otros problemas. Se observa el conjunto: inicio, secreción, fiebre, audición, traumatismo, exposición y antecedentes. En personas con diabetes, inmunosupresión u otras condiciones, una infección del oído puede requerir atención especialmente rápida. La recomendación individual pertenece al equipo sanitario.

Cuando existe una pérdida auditiva transitoria, el lineup cambia. Se oyen peor las llamadas y resulta más difícil localizar su dirección. Una sesión solitaria añade otra capa de riesgo; THE SURF TOWN explica por qué surfear solo reduce el margen antes de que algo falle. La opción responsable puede ser quedarse fuera aunque el equilibrio y la energía parezcan normales. La audición no es un lujo en un entorno con tablas, roca, tráfico y avisos.

Después de una infección recurrente, la revisión debe ir más allá de comprar otro tapón. Interesa saber si existe exostosis, acumulación de cerumen, dermatitis, una técnica de limpieza agresiva o un ajuste que lesiona. La solución puede combinar protección diferente, secado, tratamiento de la piel y seguimiento. Sin explorar, el surfista cambia una variable al azar y atribuye el siguiente episodio a mala suerte.

La vuelta gradual ofrece información. Una sesión corta, en agua tranquila y acompañado, permite comprobar comodidad, audición y retención de los tapones sin sumar dos horas de exposición. Si reaparecen síntomas, se sale. El objetivo no es demostrar que el oído “aguanta”, sino conservar años de práctica con el menor coste posible.

Surfista con tabla en una playa de California
Renunciar a una sesión cuando hay dolor o secreción protege más continuidad que forzar el regreso. Fotografía real: Kellen Riggin / Unsplash.

La revisión antes del invierno crea una referencia útil

Muchos surfistas consultan solo cuando el agua ya no sale. Una revisión antes de la temporada fría puede establecer cómo están ambos conductos, retirar cerumen si procede y explicar qué señales vigilar. No existe una frecuencia universal para personas sin síntomas. Quien acumula muchos años de agua fría, infecciones, tapones o pérdida auditiva debe acordarla con su profesional. La periodicidad se adapta al hallazgo, no a una regla de redes sociales.

Una referencia inicial cambia la conversación. Saber que existe un estrechamiento leve permite tomarse en serio la protección antes de que aparezcan problemas. Saber que el conducto está abierto orienta a buscar otras causas si hay plenitud. La exploración también detecta diferencias entre oídos, algo común cuando viento y postura exponen más un lado. La sensación subjetiva no ofrece ese mapa.

Conviene llevar datos concretos: años de surf, frecuencia, duración media, temperatura aproximada, uso de capucha o tapones, infecciones, cirugías, perforaciones y cambios de audición. Si se conserva el envase de unas gotas usadas, se lleva. Decir “surfeo mucho” informa menos que “tres sesiones semanales de dos horas en invierno desde hace ocho años”. La exposición acumulada es parte de la historia clínica.

Una audiometría puede ser útil cuando hay quejas de audición o para documentar cambios, pero no sustituye mirar el conducto. Las exostosis producen pérdida conductiva cuando obstruyen, retienen agua o favorecen tapones; también puede existir una pérdida de otro origen. El surfista expuesto a ruido laboral, música intensa, golpes o medicamentos ototóxicos necesita una valoración completa. Llamar a todo “oído de surfista” puede retrasar el diagnóstico correcto.

Si se plantea cirugía, la conversación incluye grado de obstrucción, síntomas, infecciones, técnica, recuperación, riesgos y retorno al agua. No es una decisión estética. El conducto contiene piel delicada, tímpano y estructuras cercanas; la recuperación exige protegerlo del agua durante el tiempo indicado. Además, volver a la misma exposición sin barrera puede favorecer nuevo crecimiento. La operación resuelve una consecuencia seleccionada, no cancela el clima.

Preparar el invierno significa también revisar el equipo. Dos pares de tapones limpios evitan depender del que se pierde; una caja ventilada impide guardarlos mojados; la capucha debe mantener elasticidad y ajuste. Esa revisión cabe junto al control del leash y del neopreno. La prevención funciona mejor cuando deja de ser una decisión de última hora en el aparcamiento.

Proteger el oído debe convertirse en una rutina sostenible

Una rutina útil empieza antes de ver las olas. Los tapones van en una caja localizable, no sueltos en el fondo de la bolsa. Se colocan con manos limpias y oído seco siguiendo las instrucciones, sin empujarlos más allá de lo previsto. Se comprueba que permiten hablar y escuchar. La capucha se ajusta encima sin moverlos. Si algo duele, se corrige en tierra.

Durante la sesión se presta atención a cambios. Un tapón que se suelta, una audición que desaparece por completo o una presión incómoda no se resuelven ignorándolos hasta la última ola. Se entra a una zona segura, se recoloca o se sale. Quitar un tapón en el pico con manos llenas de arena y volver a insertarlo aumenta irritación y contaminación. Llevar protección no obliga a mantener un sistema que está fallando.

Al salir se drena por gravedad, se seca solo el exterior y se evita introducir objetos. Los tapones se lavan y secan según fabricante. La capucha se aclara y se deja a la sombra. Dolor, secreción o pérdida auditiva se registran y cambian el plan. Si el agua queda atrapada de forma repetida, se pide valoración. Esta secuencia ocupa pocos minutos y no depende de recordar una lista enorme.

La constancia importa más que la épica. Usar tapones solo durante temporales deja fuera muchas horas de agua fría. Proteger cada sesión invernal reduce la dosis acumulada. Para quien empieza joven, el beneficio potencial se mide en décadas; para quien ya suma años, reducir exposición sigue teniendo sentido. El hueso existente no se disuelve, pero el futuro todavía contiene decisiones.

Los viajes merecen una versión propia de la rutina. Cambiar de clima puede hacer que el agua parezca templada y se abandonen hábitos, aunque el viento, la duración y el número de baños aumenten. Una semana con dos sesiones diarias concentra mucha exposición. Los tapones deben viajar limpios, con repuesto y caja; no conviene depender de encontrar la talla adecuada en destino. Si aparece un síntoma lejos de casa, se evita improvisar con medicamentos locales sin valoración y se localiza asistencia sanitaria. El seguro, las alergias y los antecedentes del tímpano importan más que la urgencia por aprovechar el último día.

La calidad del agua añade otra variable. Después de lluvias intensas, desembocaduras y desagües pueden transportar microorganismos y contaminantes; un conducto irritado ofrece una barrera peor. THE SURF TOWN explica en por qué después de la lluvia el mar no vuelve limpio de inmediato. La protección del oído no convierte una zona contaminada en apta. Si las autoridades desaconsejan el baño o existen avisos locales, la decisión es no entrar. Tapones y capucha reducen contacto en una parte del cuerpo, pero no protegen ojos, boca, piel ni vías respiratorias.

El material infantil exige especial cuidado. Un menor no siempre describe bien presión, picor o audición amortiguada y puede aceptar dolor para no perder la actividad. El adulto debe comprobar ajuste, explicar que avisar no estropea la sesión y evitar introducir productos sin indicación pediátrica. La talla cambia con el crecimiento. Un tapón heredado de otra persona no ofrece higiene ni ajuste fiable. Las escuelas pueden integrar la comprobación junto a leash, temperatura y zona de baño, sin presentar la protección como castigo.

También hay que pensar en la comunicación con socorristas e instructores. Si los tapones reducen mucho la audición, el compañero debe saberlo antes de entrar. Se acuerdan señales visuales sencillas y una distancia razonable. Esa adaptación no justifica aislarse en condiciones complejas; sirve para reconocer una limitación. En una clase, el instructor necesita confirmar que las indicaciones se entienden fuera y dentro del agua. El equipo correcto mejora seguridad solo cuando el grupo adapta su manera de comunicarse.

Un pequeño inventario al final de cada mes permite detectar fallos: tapón perdido, ala deformada, cordón cortado, caja que no seca o capucha que se desplaza. Sustituir una pieza antes del siguiente temporal cuesta menos que descubrirlo en el vestuario. La misma revisión incluye fechas de infecciones y episodios de agua retenida. Si el patrón aumenta, no se responde comprando más accesorios; se pide una exploración. El objetivo de registrar no es vigilar obsesivamente el cuerpo, sino identificar cuándo la prevención doméstica ha dejado de ser suficiente.

La cultura del pico puede ayudar. Compartir un par de repuesto nuevo, normalizar la capucha y hablar de revisiones evita que la prevención parezca fragilidad. La exostosis no demuestra compromiso con el surf; demuestra exposición. La experiencia se reconoce mejor en quien conserva capacidad para leer condiciones, cuidar material y salir cuando aparece una señal.

El oído de surfista crece en silencio porque el cuerpo se adapta y el otro oído compensa. La respuesta no necesita miedo, sino atención acumulativa: barrera frente al agua y viento fríos, ajuste que conserve audición, secado no invasivo y revisión ante síntomas. Cada medida es modesta. Juntas protegen algo esencial para la seguridad y para el placer de una sesión: escuchar la serie, a los compañeros y el mundo fuera del agua.

THE SURF TOWN JOURNAL

— Sergio Naranjo Miranda